Ediciones bilingües: Don Quijote de la Mancha

      Don Quijote de la Mancha
         de Miguel de Cervantes Saavedra
Edición bilingüe, español-alemán, en textos paralelos
Bilingial Ausgabe Spanisch-Deutsch, in den paralell Texten
Traducción de Ludwig Braunfels.
Integrado en el sistema MGARCI
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Traducción bilingüe al: Alemán Francés Inglés Italiano
Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso. 8. Kapitel Worin berichtet wird, was Don Quijote begegnete, da er hinzog, seine Herrin Dulcinea von Toboso zu erschauen
''¡Bendito sea el poderoso Alá! -dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo-. ¡Bendito sea Alá!'', repite tres veces; y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho, y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su escudero; persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como él promete; y así prosigue diciendo: »Gepriesen sei Allah der Allmächtige!« - so spricht Hamét Benengelí zu Beginn dieses achten Kapitels - , »gepriesen sei Allah!« wiederholt er dreimal und bemerkt, er erhebe darum diese Lobpreisungen, weil er denn endlich Don Quijote und Sancho draußen im Freien habe und weil die Leser seiner ergötzlichen Geschichte sich darauf gefaßt machen können, daß von nun an die Heldentaten Don Quijotes und die lustigen Einfalle seines Schildknappen wieder beginnen; er ermahnt sie, die früheren Rittertaten des sinnreichen Junkers zu vergessen und die Blicke auf diejenigen zu richten, die da kommen sollen und gleich jetzt auf dem Wege nach Toboso ihren Anfang nehmen, wie die früheren im Gefilde von Montíel begonnen haben. Und was er verlangt, ist nicht viel im Verhältnis zu dem vielen, was er verspricht. Folgendermaßen aber fährt er fort:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón, cuando comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero; aunque, si se ha de contar la verdad, más fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que la historia no lo declara; sólo le oyeron decir que, cuando tropezaba o caía, se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote: Don Quijote und Sancho blieben allein zurück auf der Landstraße; und kaum hatte sich Sansón entfernt, so begann Rosinante zu wiehern und der Graue seine Seufzer auszustoßen, was von beiden, dem Ritter und dem Schildknappen, für ein gutes Zeichen und eine höchst glückliche Vorbedeutung gehalten wurde. Jedoch, die Wahrheit zu sagen, war das Aufseufzen und Iahen des Grauen viel anhaltender als das Wiehern des Gauls, woraus Sancho schloß, sein Glück werde das seines Herrn überragen und weit höher steigen. Ich weiß nicht, ob ihn hierüber die bei den Gerichten geltende Astrologie belehrte, auf die er sich etwa verstanden hätte, obschon die Geschichte nichts davon berichtet; nur hat man ihn sagen hören, wenn er stolperte oder hinfiel, es wäre ihm lieber, er wäre zu Hause geblieben; denn beim Stolpern und Fallen komme nichts heraus als zerrissene Schuhe oder gebrochene Rippen. Und hierin, so einfältig er war, hatte er nicht so unrecht. DonQuijote sprach zu ihm:
-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.
-Yo así lo creo -respondió Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestra merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recebir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena.
»Freund Sancho, die Nacht kommt rasch über uns, mit tieferer Finsternis, als wir sie gerade nötig hätten, um schon mit dem anbrechenden Tag Toboso zu erblicken, wohin ich zu ziehen beschlossen habe, bevor ich mich an ein neues Abenteuer wage; dort will ich den Segen und Urlaub der unvergleichlichen Dulcinea erlangen, und mit sotanem Urlaub gekräftigt, glaub ich und erachte ich für gewiß, jedwedes fährliche Abenteuer bewältigen und glückhaft zu Ende führen zu können; denn nichts in diesem Leben macht die fahrenden Ritter tapferer, als wenn sie sich der Huld ihrer Damen erfreuen.« »Das will ich wohl glauben«, entgegnete Sancho, »aber es wird für Euer Gnaden wohl schwierig sein, sie zu sprechen oder ihr einen Besuch zu machen, wenigstens an einem Orte, wo Ihr ihren Segen empfangen könntet, wenn sie ihn Euch nicht etwa über die Hofmauer herüber erteilt, wo ich sie das erstemal gefunden habe, als ich ihr den Brief über die Torheiten und Verrücktheiten brachte, in deren Verrichtung Euer Gnaden dort im Innersten der Sierra Morena begriffen war.«
-¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho -dijo don Quijote-, adonde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y hermosura? No debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o como las llaman, de ricos y reales palacios. »Wie eine Hofmauer kam dir der Ort vor, Sancho«, sprach Don Quijote, »wo du jene nie genug gepriesene Lieblichkeit und Schönheit gesehen hast? Nein, nichts anderes konnten es sein als Galerien oder Vorhallen oder Säulengänge, oder wie man es sonst nennt, eines reichen königlichen Schlosses.«
-Todo pudo ser -respondió Sancho-, pero a mí bardas me parecieron, si no es que soy falto de memoria. »Das ist alles möglich«, entgegnete Sancho, »aber mir schien's eine Hofmauer, oder ich muß schwach im Gedächtnis sein.«
-Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don Quijote-, que como yo la vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que quede único y sin igual en la discreción y en la valentía. »Dessenungeachtet wollen wir hin«, versetzte Don Quijote; »so ich sie nur erblicken mag, ist mir es ganz dasselbe, ob über eine Hofmauer hinweg oder ob am Fenster oder ob zwischen den Ritzen oder dem Zaun eines Parkes hindurch. Jeglicher Strahl, der von der Sonne ihrer Schönheit in meine Augen dringt, wird meinen Geist erleuchten und mein Herz so kräftigen, daß ich einzig und ohnegleichen dastehen werde an Geistesschärfe und Heldengröße.«
-Pues en verdad, señor -respondió Sancho-, que cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureció. »Nun wahrlich, Señor«, entgegnete Sancho, »als ich selbige Sonne des Fräuleins Dulcinea von Toboso erblickte, da schien sie nicht so hell, daß sie Strahlen von sich werfen konnte; und das mußte wohl daran liegen, daß Ihre Gnaden, wie ich Euch erzählt habe, gerade den Weizen siebte, wovon ich gesagt, und der viele Staub, den sie herausschüttelte, sich ihr wie eine Wolke vors Gesicht legte und es verdunkelte.«
-¡Que todavía das, Sancho -dijo don Quijote-, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste; sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias. »Wie? Immer wieder, Sancho, verfällst du darauf«, entgegnete Don Quijote, »zu sagen, zu denken, zu glauben und darauf zu bestehen, daß meine Gebieterin Dulcinea Weizen siebte, da doch dies ein Dienst ist, der allem ferneliegt, was fürnehme Personen zu tun pflegen, als welche bestimmt und vorbehalten sind für ganz andre Beschäftigungen, die auf Büchsenschußweite deren Fürnehmheit erkennen lassen? Schlecht haften in deinem Gedächtnis, o Sancho, jene Verse unsers Dichters, worin er uns die Arbeiten schildert, so dort in ihren kristallenen Heimstätten jene vier Nymphen verrichteten, die aus dem geliebten Tajo hervor ihre Häupter erhoben und sich auf dem grünen Rain niederließen, um jene reichen Gewandstoffe zu fertigen, die der sinnreiche Dichter uns dort beschreibt und die samt und sonders aus Gold, Seide und Perlen gewirkt und gewoben waren. Und gerade dieser Art mußte die Beschäftigung meiner Gebieterin sein, als du sie erblicktest, falls nicht der Neid, den irgendein böser Zauberer sicherlich gegen alles hegt, was mich betrifft, mir ein jegliches, was mir Freude schaffen mag, in ganz andre Gestaltungen als die wirklichen umkehrt und umwandelt. Daher fürchte ich auch, in jener Geschichte, die von meinen Taten gedruckt im Umlauf sein soll, wenn vielleicht ihr Verfasser ein mir feindlich gesinnter Zauberer war, wird er zum öftern eine Tatsache für eine andre hingesetzt haben, wird unter eine Wahrheit tausend Lügen gemengt und ein Vergnügen darin gefunden haben, ganz andre Begebnisse zu berichten, die fernab von dem liegen, was der Verfolg einer wahren Geschichte erheischt. O Neid, du Wurzel unzähligen Übels, du Krebsschaden der Tugend! Alle Laster, Sancho, führen ich weiß nicht was für einen Genuß mit sich; aber das Laster des Neides führt nichts mit sich als Widerwärtigkeit, Groll und Wut.«
-Eso es lo que yo digo también -respondió Sancho-, y pienso que en esa leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había visto debe de andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote, aquí y allí, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ningún encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza mía, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque, por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren. »Ja, das sag ich auch«, versetzte Sancho; »auch ich denke, in dem Lesestück oder Geschichtsbuch, das der Baccalaur Carrasco über uns zwei, wie er sagt, zu Gesicht bekommen hat, wird mein guter Name hinstolpern wie eine Schweineherde hinter dem Treiber, der immer ausrufen muß: Hierher des Weges, du gescheckte Sau! Oder es geht damit wie im Sprichwort: Hier wackelt er nach rechts und links, und dort kehrt sein Rock die Gassen. Und doch, so wahr ich ein braver Kerl bin, hab ich keinem Zauberer was Böses nachgesagt und hab auch nicht so viel Glücksgüter, daß ich beneidet werden könnte. Allerdings ist's wahr, ich bin hie und da ein bißchen boshaft und hab auch so was von Verschmitztheit an mir, aber alles das bedeckt und verhüllt der weite Mantel meiner Herzenseinfalt, die immer natürlich und nie erkünstelt ist. Und hätt ich auch nichts andres, als daß ich fest und aufrichtig an Gott glaube, wie ich stets getan, und an alles, woran die heilige römisch-katholische Kirche festhält und glaubt, und daß ich ein Todfeind der Juden bin, wie ich es wirklich bin, so sollten die Geschichtsschreiber Erbarmen mit mir haben und mich in ihren Schriften freundlich behandeln. Aber mögen sie sagen, was sie wollen, nackt bin ich zur Welt gekommen, nackt bin ich noch heute, hab nichts verloren und nichts gewonnen; und steh ich auch in den Büchern und geh in der Welt von Hand zu Hand, mir liegt nicht eine Bohne dran, wenn sie von mir sagen, was immer sie wollen.«
-Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedió a un famoso poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de las demás, se quejó al poeta, diciéndole que qué había visto en ella para no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira, y la pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame. También viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato. También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con un caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores: él es de hechura de una media naranja, grandísimo en estremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y memorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya, dijo al emperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí fama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco -respondió el emperador- el no haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os mando que jamás me habléis, ni estéis donde yo estuviere''. Y, tras estas palabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama. »Das sieht mir nach jener Geschichte aus, Sancho«, sprach Don Quijote, »die sich mit einem berühmten Dichter unserer Zeit zugetragen, der eine boshafte Satire gegen alle Damen vom Hofe verfaßt und darin eine von ihnen nicht mit aufgeführt noch genannt hatte, so daß man zweifeln konnte, ob sie zu ihnen gehörte oder ob nicht; und da sie sah, daß sie nicht auf der Liste der übrigen stand, beschwerte sie sich bei dem Dichter und fragte ihn, was er denn an ihr bemerkt habe, um sie nicht in die Zahl der andern einzureihen; er möchte doch sein Spottgedicht verlängern und sie in den neuen Zusatz aufnehmen; wo nicht, solle er wohl bedenken, daß alle Menschen sterblich seien. Der Dichter erfüllte ihren Wunsch und schilderte sie mit Bezeichnungen, die selbst eine alte Kammerzofe nicht in den Mund hätte nehmen mögen, und nun war sie zufrieden, daß sie in Ruf, wenn auch in Verruf gekommen war. Hierher gehört auch, was man von jenem Hirten erzählt, der den berühmten Tempel der Diana, welcher als eines der Sieben Weltwunder galt, in Flammen setzte und verbrannte, bloß damit sein Name in den kommenden Jahrhunderten fortlebe; und obschon das Verbot erging, ihn je zu nennen und seines Namens mündlich oder schriftlich Erwähnung zu tun, damit er das Ziel seines Wunsches nicht erreiche, so erfuhr man dennoch, daß er Herostratus hieß. Hierher gehört auch, was dem großen Kaiser Karl dem Fünften mit einem Edelmann in Rom begegnete. Der Kaiser wollte den berühmten Rundbau in Augenschein nehmen, der im Altertum der Tempel aller Götter hieß und jetzt mit besserem Namen die Kirche aller Heiligen heißt; es ist dies das Gebäude, das von allen, die das Heidentum in Rom aufgerichtet hat, am vollständigsten erhalten geblieben ist und das von der Großartigkeit und Prachtliebe seiner Erbauer am besten Zeugnis ablegt. Es hat die Gestalt einer durchgeschnittenen Pomeranze, ist ungeheuer groß und sehr hell, während doch das Licht nur durch ein einziges Fenster hereinfällt oder, richtiger gesagt, durch eine runde Öffnung in der Kuppel oben. Als der Kaiser von hier aus das Gebäude betrachtete, befand sich ein römischer Ritter ihm zur Seite, der ihm die Schönheiten dieses Riesenwerks und die Kunstmittel bei dieser merkwürdigen Bauart erklärte. Nachdem sie dann die Stelle verlassen hatten, sagte er zum Kaiser: ,Tausendmal, geheiligte Majestät, kam mich die Lust an, Eure Majestät mit den Armen zu umfassen und mich aus dieser Kuppelöffnung hinunterzustürzen, um der Welt einen unvergänglichen Namen zu hinterlassen.' ,Ich danke Euch', antwortete der Kaiser, ,daß Ihr einen so schlimmen Gedanken nicht zur Ausführung gebracht habt, und hinfüro will ich Euch keine Gelegenheit mehr bieten, mir nochmals einen Beweis Eures Pflichtgefühls zu geben; und daher verbiete ich Euch, jemals wieder ein Wort an mich zu richten oder zu weilen, wo ich verweilen mag.' Aber nach diesen Worten verlieh er ihm eine große Gnade. Hiermit will ich sagen, Sancho, daß die Begierde, Ruhm zu gewinnen, gewaltig wirksam in den Menschen ist. Was, meinst du, warf den Horatius Codes in voller Rüstung von der Brücke hinab in den Tiber? Was hat dem Mucius Scävola Arm und Hand ins Feuer gehalten? Was trieb den Curtius, sich in den tiefen glühenden Schlund zu stürzen, der inmitten der Stadt Rom zum Vorschein gekommen? Was bewog den Julius Cäsar, entgegen allen bösen Vorzeichen über den Rubikon zu gehen? Und aus neueren Beispielen: Wer hat die Schiffe angebohrt und die tapferen Spanier, die der ritterlichste aller Ritter, Cortéz, in der neuen Welt anführte, auf dem Trocknen und abgeschnitten von aller Welt gelassen? Alle diese Großtaten und viele andre noch von mancher Art waren und werden sein Werke des Ruhms, den die Sterblichen als Lohn ersehnen und als Anteil an der Unsterblichkeit, die ihre rühmlichen Handlungen verdienen. Jedoch wir katholischen Christen und fahrenden Ritter sollen mehr nach der Glorie der künftigen Jahrhunderte trachten, die da unvergänglich ist in den ätherischen Gefilden des Himmels, als nach der Eitelkeit des Ruhmes, den man in dieser irdischen und vergänglichen Zeitlichkeit erwirbt; denn dieser Ruhm, so lang er auch dauern möge, muß zuletzt doch mit der Welt vergehen, die ihr vorbestimmtes Ende hat. Sonach, o Sancho, sollen unsre Taten niemals die Grenzen überschreiten, die uns die christliche Religion, zu der wir uns bekennen, gesetzt hat. Wir sollen in den Riesen den Hochmut ertöten, den Neid durch unsre Großmut und unsern Edelsinn, den Zorn durch unsere gelassene Haltung und Seelenruhe; wir essen ein kärgliches Essen und wachen ein häufiges Wachen und ertöten dadurch die Schlemmerei und den Schlaf; das schmähliche Gelüste und die Unzüchtigkeit durch die redliche Treue, die wir den Frauen bewahren, welche wir zu Herrinnen unserer Gedanken eingesetzt haben; die Trägheit dadurch, daß wir in allen Teilen der Welt umherziehen und Gefahren aufsuchen, die uns zunächst zu guten Christen, dann zu ruhmvollen Rittern machen können und wirklich machen.«
-Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho -dijo Sancho- lo he entendido muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria. »Alles, was Euer Gnaden mir bis hierher gesagt hat«, sprach Sancho, »hab ich ganz gut verstanden. Aber bei alledem wünschte ich doch, Ihr möchtet mich über einen Zweifel abklären, der mir eben zu Kopf gestiegen ist.«
-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don Quijote-. Di en buen hora, que yo responderé lo que supiere. »Aufklären willst du sagen, Sancho«, fiel Don Quijote ein. »In Gottes Namen red heraus, ich will dir antworten, so gut ich kann.«
-Dígame, señor -prosiguió Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora. »Sagt mir, Señor«, fuhr Sancho fort, »jener Juli und August und all jene heldenhaften Ritter, die Ihr aufgezählt habt, die jetzt schon tot sind, wo sind sie denn jetzt?«
-Los gentiles -respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el cielo. »Die Heiden unter ihnen«, antwortete Don Quijote, »sind ohne Zweifel in der Hölle; die Christen, wenn sie gute Christen waren, sind im Fegfeuer oder im Himmel.«
-Está bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas. »Ganz recht«, entgegnete Sancho; »aber jetzt wollen wir mal hören: Haben die Grabstätten, wo die Leiber jener vornehmen Herrschaften liegen, silberne Ampeln vor ihnen hängen, oder sind die Wände ihrer Kapellen geschmückt mit Krücken, Bahrtüchern, abgeschnittenem Haupthaar, wächsernen Beinen oder Augen? Und wenn nicht damit, mit was sind sie geschmückt?«
A lo que respondió don Quijote. Darauf antwortete Don Quijote:
-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos: las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San Pedro; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Santángel en Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados. »Die Grabstätten waren bei den Heiden meistenteils prachtvolle Tempel; Julius Cäsars Asche wurde in einer Urne oben auf einem steinernen Obelisk von ungeheurer Größe beigesetzt, den man heutzutage in Rom die Nadel des heiligen Petrus nennt. Dem Kaiser Hadrian diente zur Grabstätte eine Burg, so groß wie ein ansehnliches Dorf, die man die Moles Hadriani nannte und die jetzt in Rom die Engelsburg heißt. Die Königin Artemisia bestattete ihren Gatten Mausolus in einem Grabmal, das man für eines der Sieben Weltwunder hielt. Aber keine dieser Grabstätten, ebensowenig als die vielen andern, die den Heiden gehörten, wurde je mit Bahrtüchern oder andern Opfergaben und Denkzeichen geschmückt, welche angezeigt hätten, daß die dort Begrabenen Heilige seien.«
-A eso voy -replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un muerto, o matar a un gigante. »Darauf eben wollte ich hinaus«, versetzte Sancho. »Nun sagt mir jetzt: was ist mehr, einen Toten auferwecken oder einen Riesen erschlagen?«
-La respuesta está en la mano -respondió don Quijote-: más es resucitar a un muerto. »Die Antwort liegt auf der Hand«, antwortete Don Quijote; »einen Toten zu erwecken ist weit mehr.«
-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo. »Jetzt hab ich Euch erwischt«, sprach Sancho. »Also ist der Ruhm derer, die Tote auferwecken, den Blinden das Gesicht wiedergeben, die Lahmen und Krummen gerademachen und den Kranken Genesung verleihen; und es brennen Ampeln vor ihren Grabstätten, und es sind ihre Kapellen voll andächtiger Leute, die ihre heiligen Überreste auf den Knien verehren - also ist solch ein Ruhm besser für dies Leben und für das andere als der Ruhm, den alle heidnischen Kaiser und alle fahrenden Ritter, die es gegeben, jemals in der Welt zurückgelassen haben und zurücklassen werden.«
-También confieso esa verdad -respondió don Quijote. »Auch dies muß ich als wahr zugestehen«, antwortete Don Quijote.
-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto -respondió Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que, con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares. . »Also dieser Ruhm, diese Gnaden, diese Vorzüge vor allen, wie man es eben nennt«, entgegnete Sancho, »wohnen den Leibern und Überresten der Heiligen bei, welche mit Gutheißung und Erlaubnis unserer heiligen Mutter Kirche Ampeln, Kerzen, Bahrtücher, Krücken, Bilder, Haarlocken, Augen, Beine haben, mit denen sie die Frömmigkeit vermehren und ihren christlichen Ruhm erhöhen. Die Körper der Heiligen oder ihre Überreste - die Könige tragen sie auf den Schultern, küssen die Bruchstücke ihrer Knochen, schmücken und bereichern mit ihnen ihre Hauskapellen und ihre liebsten und am höchsten geschätzten Altäre.«
-¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo don Quijote. »Was soll ich nach deiner Meinung, Sancho, aus dem, was du alles gesagt, für Folgerungen ziehen?« fragte Don Quijote.
-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endrigos. »Ich will damit sagen«, antwortete Sancho, »daß wir darauf ausgehen sollen, Heilige zu werden, und da werden wir in viel kürzerer Zeit den Ruhm erlangen, nach dem wir trachten. Und bedenkt, Señor, daß gestern oder vorgestern - denn so kann man immerhin sagen, da es so kurze Zeit her ist - zwei geringe Barfüßermönche heilig- oder doch seliggesprochen wurden; die hatten eiserne Ketten, mit denen sie ihren Leib gürteten und marterten, und es gilt jetzo für ein besonderes Glück, wenn man die Ketten berühren und küssen darf, und sie genießen größere Verehrung als das Schwert Roldáns in der Rüstkammer des Königs unseres Herrn, den Gott erhalte. Demnach, Herre mein, hat es höhern Wert, ein demütig Klosterbrüderlein zu sein, in welchem Orden es auch sein mag, als ein heldenhafter fahrender Ritter; zwei Dutzend Geißelhiebe auf den eignen Rücken richten bei Gott mehr aus als zweitausend Speeresstöße, mag man nun damit Riesen treffen oder Ungeheuer oder Drachen.«
-Todo eso es así -respondió don Quijote-, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria. »Das ist schon alles richtig«, entgegnete Don Quijote; »aber wir können nicht alle ins Kloster gehen, und es gibt der Wege viele, auf denen Gott die Seinen gen Himmel führt; auch das Rittertum ist ein frommer Orden; es gibt heilige Ritter in den himmlischen Glorien.«
-Sí -respondió Sancho-, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes. »Gewiß«, versetzte Sancho; »aber ich habe sagen hören, es gibt mehr Mönche im Himmel als fahrende Ritter.«
-Eso es -respondió don Quijote- porque es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros. »Das kommt daher«, gab Don Quijote zur Antwort, »daß die Anzahl der Mönche größer ist als die der Ritter.«
-Muchos son los andantes -dijo Sancho. »Aber fahrende gibt's doch viele«, meinte Sancho.
-Muchos -respondió don Quijote-, pero pocos los que merecen nombre de caballeros. »Viele«, entgegnete Don Quijote, »jedoch wenige von ihnen verdienen den Ritternamen.«
En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de modo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan. Unter diesen und anderen dergleichen Gesprächen verging ihnen die Nacht und der folgende Tag, ohne daß ihnen etwas begegnete, was des Erzählens wert wäre, worüber Don Quijote nicht wenig verdrießlich war. Endlich am nächsten Tag gewahrten sie beim Abendgrauen die große Stadt Toboso, und bei diesem Anblick wurde Don Quijotes Herz fröhlich und Sanchos Seele betrübt; denn der Schildknappe kannte Dulcineas Haus nicht und hatte sie in seinem Leben nicht zu Gesicht bekommen, ebensowenig wie sein Herr. So waren denn beide in großer Aufregung, der eine, weil er sie zu sehen begehrte, der andere, weil er sie nie gesehen hatte; und Sancho besann sich vergeblich, was er tun sollte, wenn sein Herr ihn nach Toboso hineinsenden würde. Endlich beschloß Don Quijote, beim Eintritt der Nacht in die Stadt einzuziehen. Bis die Stunde herannahte, hielten sie im Schatten eines Eichenwäldchens, das sich nahe bei Toboso befand, und als der bestimmte Augenblick kam, ritten sie in die Stadt ein, wo ihnen Begebnisse widerfuhren, die beinahe nach Begebnissen aussehen.