1007. Nótese que en esta batalla brilla por su ausencia la mención de la sangre o la muerte; como si la batalla fuese en la mente del autor no el objetivo central, sino un preámbulo a la prisión y los incidentes que allí tendrían lugar.

1012. La batalla del Cid con el Conde había tenido lugar en territorio que le era tributario a éste (v. 964); se confirma la idea con lo que aquí se indica: para su [del Cid] tierra lo llevaba. Otros editores han corregido aquí también el texto del Ms. leyendo tienda por tierra, (bibli. 250,II, p. 867).

1014. El hecho de que el Cid saliese fuera indica que retenía al Conde dentro de su propia tienda, como prueba de condescendencia y respeto al noble, dadas las circunstancia. Menéndez Pidal dijo que el prisionero estaba fuera de la tienda para que el Cantar coincidiera con la Historia Roderici (cf. bibli. 140, p. 121n; 250,II, p. 866; 274, p. 8).

1015. Los del Cid habían andado separados en diversas correrías (cf v. 995n.), y se van congregando, trayendo cada cual su botín . Estaban, pues, listos para la celebración de sus ganancias, las conseguidas en la victoria contra el Conde y en otras incursiones. El autor, aparte de las alusiones al botín en vv. 104]-3, no se demora en contar los bienes ganados del Conde, como si lo único de importancia hubiera sido Colada. Ausentes están las efusiones de júbilo y la mención de destacados varones, ni siquiera se nombra a Minaya. Esta batalla fue un lance de honor: hy venció esta batalla por do hondró su barba (v. 1010).

1020-23. Al Conde no fue fácil vencerle ni lo sería convencerle de la honorabilidad del Cid; empieza aquí una batalla psicológica, en la que triunfará también la estrategia del Campeador, pero también el Conde conseguiría su pronto libertad mediante la resistencia pasiva de la huelga de hambre.

1024-27. Es ahora el Cid en persona quien se acerca al Conde a persuadirle: <<si comía -le dijo- viviría hasta ver el fin de su cautiverio, de lo contrario, iba a morir en la prisión>>; el v.1027, es perífrasis por <<morir>>, como en v. 1033 (bibli. 140, pp. 294-7).

1029. El Conde no está para juegos de palabras y claramente expresa que está dispuesto a morir: no quiero comer.

1033-36. El Cid, por fin, toma más en serio la amenaza pacífica del Conde; vuelve a advertirle que si no comía, iba a morir; y aquí, haría una pausa el Cid para observar la reacción del prisionero; éste seguiría inmutable. El Cid entonces le promete la libertad; el Conde, por fin, sonríe: no podría creerlo. Su huelga de hambre, empleada como resistencia pasiva, logró su propósito: pronta libertad. Que yo sepa, este pasaje es el primer ejemplo en literaturas románicas del empleo del ayuno como resistencia pasiva, como huelga de hambre, para doblegar la voluntad del más poderoso (más en mi obra, bibli. 140, pp. 124-8).

1050. Ejemplo de histerología (cf. v. 57n.); uno esperaría que le trajeran y dieran el agua y se la mantuvieran delante mientras se lavaba. Fuera de su desconfianza del Cid, el Conde se porta como refinado y noble caballero.

1062. Frase estereotipada de sobremesa, cf. v. 2067.

1068. ¿Por qué parecía el conde muy franco? Según el contexto, por ir él y sus caballeros sobre palafrés muy bien ensellados, con buenas vestiduras de pellicones y de mantos, es decir, se marchaban con el lujo que trajeron (vv. 993-4n), propio de los francos (v. 1002). ¡Gracias a la generosidad del Cid! Los comentaristas que creen que el Cid era un resentido contra la nobleza, hombre desconsiderado y vengativo, no se han fijado en su generosidad (cf. bibli. 252, p. 208; 274; 311, p. 525n).

1072. y si no (quisiéredes vengarlo, v. 1970), <<mandadme decir dónde podremos intercambiar presentes>>. En las glosas

1074. El autor, se ha anotado, gusta de poner en boca de sus personajes un lenguaje que pudiéramos llamar protocolar, caracterizado por la perífrasis, principalmente, la insinuación aguda con tonos de humor. Por ejemplo, la respuesta del Conde: de venir a buscar al Cid, ni pensarlo; en cuanto a mandarle aviso para el intercambio de presentes, no en un futuro próximo bastantes son los que le había dejado.

1080. una deslealtança, complemento de fizo, se antepone por razón del énfasis. El autor hace una aseveración rotunda sobre el residuo del miedo infundado del Conde. Esta aseveración de por si nos prohibiría pensar que el truco de las arcas llevara intención de causar daño a Raquel y Vidas. Es increíble pensar que el Cid tratara de perjudicar a los que buscó como amigo, cuando se mostró tan benévolo con el que vino a buscarle como enemigo. Finalmente, la conducta benévola del Cid hacia el vencido responde a la tradición literaria de <<perdonar a los vencidos y debelar a los altaneros>> (Eneida, 6, 852-3); recuérdese en el elogio de Berceo al obispo <<león para los bravos, a los mansos cordero>> (Milagros, 314b).

1083. En varios ocasiones a lo largo del episodio del Conde de Barcelona, ha hecho el autor referencias al acto de reunirse el Cid con los suyos (cf. v. 57n); de nuevo aquí: compeçóalas de llegar / de la ganancia: <<las acarreaba de los diversos lugares (v. 1015n), donde cada grupo contaba su botín>>. Nótese la figura histerología (cf. v. 57n), pues se juntarían después de haber llegado.

1085. Se llega aquí a un punto crucial en el Cantar. Los editores Sánchez, D. Hinard, Janer, Vollmoller, Restori, Huntington, respetaron el Ms. y no vieron interrupción. A Lidforss se le ocurrió trasponer los versos 1085 y 1086, y crear un Cantar II que tituló: <<Perdón y Gracia>>. A Menéndez Pidal le atrajo la idea; traspuso los versos, hizo comenzar aquí un Cantar II, pero lo tituló <<Cantar de las Bodas>>. Para que sus arreglos tuvieran sentido cambió el legar del Ms. (v. 1083) a alegrar. C. Smith y I. Michael, siguen a Menéndez Pidal en cuanto a Cantar II, C. Smith. conserve la lección del Ms. en el v. 1083, pero I. Michael, prefiere cambiar legar a pagar. No hay razón ninguna para dividir aquí la narración, ni de los signos ortográficos en el Ms., ni de lenguaje, ni de contenido; todos los elementos, por el contrario, nos obligan a desechar cualquier división de cantares. Lo único que se aduce como base para la división es el término gesta, que para los críticos modernos comprende significados que escapaban al autor de Mio Cid; lo irónico es que, tras separar el Cantar II como gesta, se le titula <<de las Bodas>>. Atengámonos al Ms. v no multipliquemos antes sin necesidad. Este v. 1085 se comprende mejor como exclamación del Cid ante sus mesnadas, jubiloso ante las enormes ganancias y esperanzado ante el futuro; como si les dijera: <<lejos han quedado los días de pobreza, de trucos y estratagemas; somos tan ricos y fuertes que estamos listos para campañas gloriosas, de gesta>>. El vocablo gesta nos indica, sin duda, progreso en el crecimiento de la acción y nos prepara para la conquista de Valencia: la gesta por excelencia. La acción bélica de esa conquista merece denominarse gesta, en contraposición a la çelada. (v. 441) y el arte y çelada (vv. 575 y 579) de Alcocer, o sea, al tipo de campaña que hasta aquí el escritor ha denominado como correr y corrida. (vv. 445, 477, 952, 953, 958, 966), en la acepción de <<incursión, merodeo>>. Una vez que estos términos (çelada, arte, correr-corrida), no vuelven a aparecer en la narración subsiguiente, podrá establecerse con sano criterio de endocrítica que gesta es lo opuesto a corrida, arte, çelada; nótese lo que se nos dice del cerco de Valencia: no hy habla arte (v. 1204). El anuncio de la gesta en boca del Cid encaja dentro de la tendencia del autor de juglaría que gusto de ocultarse bajo sus personajes, como se explicó en las glosas 7-8. Compárese esta referencia del Cid a si mismo con intención de animar y arengar a los suyos con los vv. 720-1.

1125-26. El autor no se olvida de justificar, como en otros casos, la guerra. Es ambiguo el sentido de esta linea, pero adquiere su plenitud significativa si vemos en homnes no a los del Cid, sino a los moros. Resulta, pues, que esos moros, que tendrían derecho a cercar al Cid porque éste les quitaba su pan (vv. 1104-5), pueden ser ahora atacados con justicia por proceder de tierra estraña. La guerra contra los moros era una guerra contra homnes exidos de tierra estaña, y de ahí que reaparezca tantas veces el rey moro o de Marruecos, que más que personalidad histórica, debe creerse personaje simbólico. Es poco probable que los del Cid se refirieran con tierra extraña a Castilla, pues las gentes y la tierras extrañas de otros casos (vv. 176, 840, 1281), son las de los moros. Bajo esta perspectiva tenemos que el que mereçe la soldada, no es una referencia al soldado individual, sino, más bien, al ejército moro o cristiano: el combate desterminaría a cuál de los dos pertenecía la victoria y, con alla, el derecho a la posesión de

1151. Es decir: <<cogieron prisioneros a todos los que no murieron bajo las pezuñas de los caballos>>. Menéndez Pidal y I. Michael, se arrogan gran potestad en trastocar muchos de los versos de este pasaje (cf. bibli. 270, p. 158).

1208. El Cid es tan poderoso, que en el cerco de Valencia no tiene que recurrir a sus ardides (no hy había arte, v. 1204); ahora se permite llevar a cabo la guerra a la manera de los grandes personajes que fueron celebrados en las gestas de los antiguos: respetando las normas bélicas. Asé pues, el Cid sigue una costumbre que cuenta con precedentes en la Biblia (1 Sam. 113), practicada por Alfonso VII, de dar un plazo a los sitiados por si querían buscar ayuda entre los reyes vecinos (cf. bibli. 189, pp. 75-6; 250,II. p. 798).

1299. Se trata de una perífrasis por <<se ahogaban>> (bibli. 261, v. 1229n).

1230. En la glosa a los vv. ll25-26 se hizo notar que el rey moro -rey de Marruecos- debe ser un personaje simbólico a juzgar por su habilidad de recibir tres colpes y eludir la extinción; tres colpes, recibió Fáriz, y no sabemos que muriera; tres colpes, el rey de Sevilla, que escapó para reaparecer como Yúcef y recibir tres colpes y escapar como por magia (vv. 1725-26). Menéndez Pidal decidió cambiar Marruecos del Ms. a Sevilla, pues unos versos más arriba se dijo: a aquel rey de Sevilla el mandado llegaba (v. 1220); sin embargo él mismo explicaba en nota a este verso que <<Sevilla, desde 1091, no tenía reyes propios>>, y <<aquí rey de Sevilla, no puede designar sino al general almorávide [de Marruecos] que gobernaba Sevilla>>. Se trata, pues, en ambos casos, de un rey de Marruecos al que, en el v. 1220, le llegaría el mensaje cuando se hallaba en Sevilla.

1245. Este verso con los dos anteriores refiere el asunto de que todos, moros y cristianos, habían de hablar (fablasen, v. 1242); que los exiliados abundaban en riquezas. A continuación explicaría el Cronista en qué consistían esas riquezas: en que a todos los compañeros del destierro les repartió las casas y propiedades, en lo que les probaba su gran amor (v. 1247): <<obras son amores>>. En la sociedad miocidiana, el amor a Dios se demuestra en los estipendios para misas, el amor al rey en los ricos presentes, a las damas en el arreglo de sus bodas, a las hijas en los casamientos honrosos, a todos en los galardones. De mayor ganancia se deduce que mayor fue el favor divino: el mayor servicio a España era eliminar a las gentes extrañas. Los favores del Cid -como se recapitula en el v. 1248- no se limitaron a sus compañeros del destierro- los que fueron con él- sino que se extendieron a los que se le unieron más tarde -los de después-, es decir a todos. Menéndez Pidal hace algunas modificaciones innecesarias en el texto del Ms. para dar la misma interpretación aquí ofrecida (bibli. 261, p. 85 y 176; 270, p. 166).

1252. En Las Siete Partidas (p. 4, t. 25, 1. 7), se da la fórmula con que el vasallo podía pedir su despido: <<Despidome de vos et besovos la mano, et de aquí adelante non so vuestro vasallo>>.

1292. Como en toda literatura heroica en el Cantar hay muchas muestras de armonización de armas y letras, el Cid, que habla bien y tan mesurado (v. 7) y el obispo entendido y arreziado (sobre este pasaje cf. v. 2375n y bibli. 140. 233n; 248; también 379).

1333. Estas cinco lides deben ser Las de Castejón (v. 473), Alcocer (v. 784). Murviedro (v. 1095), Cebolla (v. 1150) y Valencia (v. 1211). Menéndez Pidal hace un recuento diferente y encuentra que el autor ha mencionado sólo dos lides campales, concluyendo que el autor se equivocó (cf. bibli. 261, p. 70: 270. v.1333n).

1364. Esta expresión parece traducción literal de la disposición de los fueros: sua hereditas serviat el ubicumque pergere voluerit, (cf. Menéndez Pidal, bibli. 250, II pp. 850-1). El Cid, personaje del Cantar, fue motivado a buscar la amistad del rey, entre otras razones, por ver si recuperaba sus heredades y posesiones en Castilla.

1371. Otros editores ponen este verso en boca del rey, ocasionando dificultades de interpretación que Menéndez Pidal quería aliviar cambiando deshonor a desamor. En boca de Minaya tiene mucho sentido. El destierro fue el deshonor (v. 1934).

1374. Nótese como los Infantes no hablan abiertamente de riqueza material, sino de algo más complejo: pro; más adelante dirán honra (v. 1883). El provecho, materializado, concretizado en las ganancias es un móvil de supremo valor en las acciones de los <<buenos>> del Cantar. El provecho en que piensan los Infantes de la primera parte, no es tan egoístico como que no piensen ellos en servir a su vez al Cid y sus hijas (cf. vv 1388, 1888).

1375. Los Infantes, por ser miembros de la nobleza, de los Condes de Carrión, no podían arreglar personalmente sus casamientos, sin contar con el beneplácito del rey. En este caso la situación era más complicada, pues querían casar con mujeres de rango inferior. Las hijas del infanzón de Vivar; de Bivar, es predicación epitética que indica los humildes orígenes del Cid; no es necesario que sepa el lector que Vivar era históricamente una pequeña villa, lo que importa es que recuerde y asocie el nombre a las ruinas y lágrimas del comienzo del Cantar, al destierro, A la exida de Bivar (v. 11). En la asociación de Vivar y Carrión se sugieren, entre otras, dos ideas importantes: que los de Carrión debieron tomar parte en la dilapidación de la heredad del Cid en Vivar v que, no obstante, están dispuestos ahora a emparentar con éste; los que al principio fueron de sus enemigos malos (v. 9) terminarían por ser sus yernos, sus fijos (v. 2123).

1389. Nótese el lenguaje protocolar. unas veces abundante en perífrasis, otras, como aquí, caracterizado por la litotes: nada no perderá: <<ganará mucho>>, y en la respuesta de Minaya: no me ha por que pesar (v. 1390): <<lo haré encantado>>.

1422. Recuérdese que el Cid había prometido al abad mill missas (v. 225). Con Minaya le envió mil marcos (v. 1285), pero este dio al abad solamente quinientos. ¿Por qué? No porque olvidara el encargo (o fuera afectado de anticlericalismo), no, sino porque al ver que la esposa y las hijas del Cid, con sus damas, llevaban en sus ropas y semblantes las injurias del destierro y la pobreza, las muchas vergüenças malas (v. 1596), empleó los otros quinientos en ropas y cosméticos. Lógica. felicísima idea la de Minaya. Leo Spitzer ha dicho: <<la moralidad medieval no es la nuestra. Para un aristocrata del siglo XI contaba la obligación de pagar mil misas prometidas al abad de San Pedro; no tanto la de pager 600 marcos a los judios>> (bibli. 383, p. l09). El comentarista ha desenfocado absurdamente el significado de todo el contexto con el fin de hacer más agria la acusación de antisemitismo, también pudo haberse encolerizado con la <<moralidad>> de Minaya, que empleó tanto en lujo como en misas -a pesar de la promesa- con perfecta tranquilidad de conciencia. El lector deberá notar, por otro lado, que los quinientos dólares dados al abed, como los regalos enviados al rey, no iban limpios de desinterés material, pues todos resultaban en un provecho inmediato. En este caso debe considerarse que el abad hubo de hospedar no sólo a la mujer, las hijas, las damas, sino también a Minaya con cien caballeros (v. 1420) más sesenta y cinco (v. 1419). Cf. glosas a los vv. 1530 y 1668.

1433. Al correr la noticia de la ida a Valencia de la familia del Cid, conocidos y amigos acudieron a despedirles. (v. 1415), y expresar sus deseos -los caballeros de unirse a ellos- irse quieren a Valencia (v. 1416). Al momento de partir, dos distinguidos caballeros, don Raquel y Vidas, tenían algo importante que decirle a Minaya: Desfechos nos ha el Cid -<<el Cid nos ha faltado a lo prometido>>-, si no nos vale <<si no nos atiende y galardona>>. Interpretese el v. 1434: <<renunciaríamos a la ganancia que nos reportase el importe de la venta>>. El lenguaje es entrecortado y protocolar, con muchos elementos sobrentendidos. Raquel y Vidas aluden a una posible venta de los bienes empeñados, de la cual habían de notificar previamente al que se los empeñó, así las Siete Partidas: <<ante que la venda (la cosa empeñada), lo deue fazer saber al que gelo empeño, si fuere en el lugar, de como la quiere vender; e si el non y fuere, deuelo dezir a aquellos que fallare en su casa>> (p. 5, t. 13, l. 41). Y sobre el gesto de renuncia a la ganancia, no se debe rechazar por demasiado simplista, pues responde a lo prescrito en la citada ley: <<Si par auentura [la cosa empeñada] más valiere de aquello por que el la tiene a peños, lo demás deuelo pagar al que gela empeño>>. En la respuesta de Minaya se nota que éste reconocía sus obligaciones de notificarle al Cid el asunto: Por lo que habedes fecho buen cosimente hy habrá (v. 1436); el término cosimente encierra, como los usados por Raquel y Vidas, carácter legalístico. Cosimentum, según Du Cange, es <<protectio, tutela, defensio, cum alterius causa suscipitur>> (bibli. 114). Minaya, pues, estaba seguro que el Cid aceptaría la <<causa>> de los mercaderes y les <<ampararía>> o les <<valdría>> (opóngase a si no nos vale). Para más sobre este asunto y las opiniones contrarias, véase mi obra, bibli. 140, pp. 98-107 (también 371).

1437. Raquel y Vidas se muestran dispuestos a ir a Valencia personalmente (como en Burgos habían ido a recoger las arcas): ése era el deseo de 109 otros caballeros y, recuérdese, no podían disponer de las arcas sin la autorización del que las empenó, aunque el plazo se hubiera cumplido. Una segura implicación de todo este lenguaje es que Raquel y Vidas estaban naturalmente interesados en el galardón prometido por el Cid, ahora tan rico, y, al mismo tiempo, querían devolver al Cid unas arcas que ellos creían llenas de tesoros.

1461. Interpretese: <<uniformados>>, para mayor gala y solemnidad.

1481. no esperó a nadi: <<se adelantó a hablar>> (litotes, v. 185n).

1524. Lenguaje protocolar con una estudiada litotes de negación de lo contrario, para hiperbolizar un concepto: <<queremos honrarle lo mejor posible>>. (cf. la nota al v. 1526).

1526. No se tome este verso como figura de definición simplona, pues es un ejemplo más del lenguaje protocolar, diplomático, circunlocucional; a la vez que reforzaba la sinceridad del hablante, servía para zaherir, si no insultar, a todo aquel que dudara de su sinceridad, que desconociera la verdad (sobre la función de la figura definición cf. Lausberg, bibli. 212, 11, p. 204).

1530. Como en el caso de Raquel y Vidas no se nos dirá cómo o en qué circunstancias fue recompensado Abengalbón; bastaba la intención. Tampoco se nos dijo si Martín Antolínez llegó a comprarse las calças y rica piel y buen manta (v. 195). Cf. glosas a los vv. 1422 y 1668.

1533. Sigue el lenguaje protocolar, antes d'este terçer día: <<antes de pasado mañana>>, <<mañana>>. Efectivamente fue al día siguiente cuando Abengalbón les dio una abundante cena en Molina. Mañana, pues, indica la ocasión más cercana posible (vv. 881-4n).

1537. Interpretese, como hoy se diría: <<brindaron por el Cid que estaba en Valencia>>; en Valencia es un caso de anteposición, que aquí afecta al relativo cambiándolo de <<qua>> a do.

1553-4. Tras expresarse en litotes que los huéspedes fueron abastecidos abundantísimamente de todo lo que quisieron -no hobieron falla (v. 1552) se expresa su alcance en enumeración binaria de extensión polar: desde lo más bajo para los caballos -ferraduras- hasta lo más noble para Minaya y las dueñas -hondraba.

1557. El Cronista pasa a decir de qué modo servía el moro a sus amigos; de vez en cuando el lenguaje protocolar, un poco alambicado con litotes y paronomasia, contagia al mismo Cronista. Este verso ha sufrido correcciones de los editores; Restori dijo que de lo so debiera leerse dellos; Menéndez Pidal, Smith y Michael cambian los sos del Ms. a lo so y de lo so a dellos; creo que el significado que estos cambios aclaran es el correcto, pero me gustaría justificar el texto del Ms. El autor contrapone la pluralidad de los haberes propios que gastaba el moro a la nada que tomaba de los demás; al mismo tiempo logra estilísticamente los efectos de la paronomasia (los suyos...lo suyo, en el Ms. los sos...lo so), figura con que se lograba <<excitar el oído y el sentimiento>> (Quintiliano, o. c. 9, 3. 6), y los efectos de la litotes, pues el segundo hemistiquio es la reiteración negativa de la aseveración del primer, artificio muy socorrido del autor de la primera parte, (pare más ejemplos de perisología y litotes, cf. bibli. 240, pp. 262-3 y 297-300).

1575. Todas las muchas cualidades de un buen caballo se reducían a la enumeración polar: las de correr y pararse.

1581. Interpretese: el obispo se adelantó hacía la capilla con todos los clérigos que pudo reunir, los cuales se pusieron de acuerdo en las horas que habían de cantar: acordaron sugiere además de convenir, <<cantar acordados>>, armónicamente que, como hoy, no sería poco pedir. Menéndez Pidal, Smith, Michael cambian acordaron a acordaran (Lidforss a acordavan), con lo que se empobrece el poder sugestivo (sobre otras explicaciones, cf. bibli 270, v. 1581 y p. 348).

1584. Nótese los efectos de histerología en una ordenación de elementos que responde a la importancia emocional, sacrificando la sucesión lógica. Anteriormente el Cronista se había dejado impresionar por el canto (v. 1581), luego por las vestiduras y las cruces, por fin la salida de la procesión que, lógicamente, debió preceder a la audición y visión. Ahora la atención se centra en Bavieca y cómo salió el Cid; luego se describe al Cid, después la carrera, para volver al caballo y concluir con la emoción de todos. El orden de los versos, tal como se nos dan en el Ms., es psicológicamente justificable y no hay por qué trastocarlos como hacen otros editores (Lidforss, Menéndez Pidal, Smith y Michael).

1596. No debe extrañar que los personajes del Cantar, cuya hondra es inseparable, si no indistinta, de las ganancias y riqueças, se refieran a la pobreza en que les hundió el destierro como muchas vergüenças malas.

1605. Compárese el gozo de esta expresión con el del pasaje del evangelio <<Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado desde la creación del mundo>> (Mat. 25, 34).

1612. Nótese el estado de gradación ascendente en que nos ha situado el autor; contrástese esta <<visión>>, de Valencia, punto de llegada, con la <<visión>> de Vivar, punto de partido.

1621. Cf. nota al v. 1230.

1624. Este editor es de los que juzgan la Reconquista como guerra civil. Los moros, por los años en que se escribió el Cantar de mio Cid, tendrían tanto derecho a vivir en España como, digamos, los visigodos, que habían llegado unos años antes. En nota anterior se hizo notar el sesgo de guerra contra el invasor que parecía sugerir una expresión del Cid (v. 1125n). Aquí se nota el tono de protesta de Yúçef contra los tonos religiosos de las campañas de los cristianos contra el poder establecido, pues luchaban no por razones de derecho, sino porque el gobernante era de diferente religión. El Cid venía a usurparle a Yúçef sus heredados por una inspiración, un mandatum de Jesucristo. El Cid tenía conciencia de estar ocupando por la fuerza tierras agenas (v, 1642). Añádase, a la implicación de lo dicho por Yúçef lo que decían los cristianos contra los moros: gentes descreídas (v. 1631). La guerra del Cid, justificada al principio por la necesidad de pan, de sobrevivir, se renueva y continúa más tarde por motivos de religión.

1649-50. Nótese la juguetona ironía del Cid; su lenguaje es irónico en cuanto a la intención de los moros; el resultado de la batalla, no obstante, confirmaría el enriquecimiento -riqueza(v. 1648). De gran interés es el disimulo con que el autor evoca un elemento importantísimo de la trama: las bodas de las hijas del Cid. Compárense en función de la gradación vv. 1284 y 1649; 282 y 1650.

1668. También hay promesas de carácter religioso cuya realización no se nos narra, como ésta (cf. las glosas a los vv. 1422 y 1530). No hay, pues, por qué sorprenderse de que el autor no se entretuviera a relatar la recogida de las arcas de arena: el empeño cumplió un papel esencial en el desarrollo de la acción, la recogida de unas arcas, que sabemos sin valor, hubiera resultado interrupción sin provecho.

1681. Unos versos más adelante (v. 1719) reaparecerá Alvar Salvadórez, peleando al lado de Minaya (vv. 1999, 3067). Téngase en cuenta que el autor tiene por norma que ninguno de los vasallos del Cid perezca o desaparezca de la acción. Por lo tanto preso fincó allá debe interpretarse locución pleonástica al estilo de fincaredes remanida (v. 281) o fita soviese (v. 1787), para recalcar la inmovilidad, la firmeza de Alvar Salvadórez en no regresar a los campamentos con los demás compañeros. Significa que al retirarse los moros a sus campamentos, Alvar Salvádorez se quedó (lo más probable con algunos de los suyos) en la vanguardia, para observar los movimientos del enemigo o darles a entender que los del Cid seguían por allí. Al día siguiente llegaría el Cid con sus hombres. Otros editores achacan este verso a un descuido del autor; en la interpretación aquí dada es un acierto, pues de haber sido hecho prisionero no se comprendería la reacción de alegría del Cid (v. 1684) y lo que dice, según se explica en la siguiente nota (v. 1685).

1685. La expresión en litotes no rastará por al puede verse en enunciación positiva en el v. 3528; de la segunda parte: preso habemos el deudo y a pasar es por nos ( v. 3528); es decir, era obligación urgente del Cid y los suyos -se lo debían a Alvar Salvádorez- el unirse a él para el combate. Las connotaciones de urgencia y responsabilidad de un individuo con relación a otro se aprecian en otros casos de litotes similar (cf. vv. 675, 710, 989, 3367).

1688. En estos versos puede apreciarse la histerología (v. 57n) en la falta de lógica en la hilación de los elementos. Nótese en el v. 1691, la justificación de la guerra por una razón ulterior: ser defensiva. El lector debe valorar la trayectoria de la moralidad de la guerra presentada en el Cantar, trayectoria de lo que hay llamamos imperialismo: se empieza por atacar y conquistar con dudosa legitimidad; luego se coloniza para crear intereses que justifiquen la defensa.

1711. Sobre este pasaje puede consultarse el trabajo de Chalon (bibli. 85).

1725. En nota al v. 1230. se llamó la atención del lector sobre ese rey de Marruecos, que en difíciles situaciones conseguiría eludir la muerte; en ésta, como por magia de su caballo, logró escurrirse por debajo de la espada (más en bibli. 38).

1744. ¡El Cid desarmado y con el ceño fruncido! Sí, y sólo le quedaba el caballo sudoroso y la espada ensangrentada y, de los muchos caballeros, entra en Valencia con sólo un centenar al llegar a las dueñas, se postró en tierra y... pausa. Sin duda que el autor nos quiere dar a entender que el Cid trató de impacientar el ánimo de las mujeres aparentando tristeza y humillación. De esa manera ¡cuál sería el suspiro al oír gran prez vos he ganado (v. 1748)! Otros editores no han encontrado sentido a fronzida, por no haber percibido el carácter juguetón del Cid en esta ocasión, comparable al de antes (cf. vv. 1639, 1649-50, 1666). Bibli. 250,II, p. 696.

1755. Cautelosamente el autor precede a sugerir que emparentaría con personas de prez (que serían los Infantes de Carrión), que ante ella se humillarían obsequiosamente (cf. vv. 2215 y 2235).

1760. Contrástese, como detalle psicológico logrado, el entusiasmado muchos años de las damas, con el parco algún año del Cid (v. 1754).

1770. La estructura de la primera parte del Cantar de mio Cid está basada principalmente en una buena relación de causa y

1778. Caso de zeugma en tomarles, con un <<pueda>> -pudieron- expresado en el verso anterior. El autor ha sabido destacar con un vocablo -arriados- y la imagen evocada la desolación de la guerra que se ceba en vidas humanas (para la explicación de I. Michael, cf. bibli. 270, v. 1778n y p. 352).

1780. Con razón se maravillaron la mujer y las hijas del Cid, cuando su quinta ascendió a 1.500 caballos (no se contaban los que se escaparon). Alta imaginación la del autor que habla de una armada mora de 5O.OOO soldados moros y cerca de 10.000 caballos que llegaron, ¡por mar!, al rescate de Valencia. Sin duda que el Cid era llamado a la gesta por excelencia en la conquista y protección de Valencia. El Marqués de Santillana también habría clasificado esta narración como una de esas <<gestas fabulosas>> que él encontraba en la herencia cultural junta a las <<historias>> y <<poemas>> (<<Carta a su hijo>>, en Obras, Madrid, 1956, p. 44). Compárese el anacoluto de el Campeador (por <<al Campeador>>), con el más fuerte de la conversación común: <<Yo me parece que...>>.

1805. Este verso se ha de entender en contraste con el v. 493, con mica salis, como si Minaya con las glorias hubiera olvidado las memorias: sus compromisos con el rey.

1812. Por tercera vez envía el Cid embajada al rey. Nótese que en ningún momento ha implorado el Cid el perdón o el amor del rey para sí. La idea del perdón partió del rey (v. 1899). De este modo enseña el autor que el Cid logró el amor del rey en virtud de sus obras, sin necesidad de las súplicas, implicándose a la vez que el Cid no tenía nada de que arrepentirse.

1831. La alegría se va apoderando del ánimo de todos, incluso del rey se predica hiperbólicamente; no viestes atanto es litotes: <<se le veía más alegre que nunca>>.

1836. Para destacar la presencia del conde don García, frente a frente con los Infantes, se emplea el zeugma; súplase <<se acertó>>, del verso anterior.

1838. El rey, al recibir el mensaje de los del Cid, salió a recibirlos con sus hombres (vv. 1832-3). Tantos eran los del rey, que los del Cid, al divisarlos, temieron que fuera un ejército, pues el rey no les había avisado previamente. Ya cerca, pudieron ver que era el rey, que se santiguaba al ver lo que de nuevo le traían los del Cid (cf. v. 134). Nótese cómo el escritor se vale de múltiples recursos que, dejando en buen lugar al rey, tienden al engrandecimiento del héroe.

1842. Un ejemplo muy claro de histerología (cf. 57n. y 1584n), en que la imagen de mayor cargo emotiva se antepone a la que cronológicamente precedería.

1861. Los versos de este pasaje contribuyeron grandemente a decidirme a dramatizar el texto del Cantar. El estilo hace creer que se trata de expresiones entrecortadas, propias de individuos que platican en conciliábulo, muy de acuerdo en todo y como tratando de darle coba al cabecilla don García. Nótese la ironía del pasaje, pues lo que los enemigos dicen como reproche es, en el fondo, un elogio del Campeador. En tres versos consecutivos se emplea una palabra clave del anterior con el fin de pulir el pensamiento. Con biltadamiente se reitera y amplía el anterior biltados, por lo que debe interpretarse como <<tan afrentosamente para todos nosotros>>. Entiéndase el v. l864 de acuerdo con el v. 1346. Para las posibles connotaciones de daban salto como <<saltear>> o <<alternar>>, cf. bibli. 140, p. 243n. Para la figura retórica de expolitio, cf. bibli. 212. II, p. 245 sts.

1869. El rey comenta que con los doscientos caballos se robustece su ejército; su reino (los hombres de su reino), se ha robustecido, podrá rendirle mejor servicio. Otros editores interpretan mio reino con otra acepción; lo que no parece probable es que el rey piense que el Cid le va a <<servir>>, pues en el Cantar este es señor autónomo e independiente, sin obligaciones hacia Alfonso. El reino es como la <<heredad>> del rey, por lo que la expresión tiene precedente en el v. 1364, y está, por lo tanto, en la misma linea que la latina: sua hereditas serviat el (cf. nota al v. 1364).

1883. En la primera parte del Cantar todo nos confirma que los Infantes eran sinceros al creerse honrados y beneficiados casando con las hijas del Cid, incluso, como se ve aquí, en sus diálogos aparte.

1891. Nótese que el rey no sabe como va a reaccionar el Cid, (como no lo sabían los Infantes, cf. nota al v. 1375). La sugerida hesitación del rey no se debe, pues, a dudas que pudiera tener de los Infantes, del carácter moral de éstos, sino a su propia acción de haber desterrado al Cid, haberle hecho mal; podría ser que el Cid estuviera aún resentido. Los personajes del Cantar son hombres muy realistas y sus pensamientos y ponderaciones versan sobre el presente y el pasado, sin dejarse esclavizar por los temores de un futuro especulado; de ahí que tanto el rey como el Cid, cuando se detienen a meditar una hora, el objeto de sus pensamientos no son elucubraciones sobre el futuro, sino hechos del pasado, la experiencia como maestro. Incluso en la segunda parte el objeto de la hora de meditación serían hechos injustos pasados (cf. vv. 1932, 2828, 2953).

1898. Por fin el rey declara abiertamente que el Cid <<merece>> el perdón que le abrirá las puertas para emparentar con la nobleza.

1909. El rey no ordena y manda, sólo ha propuesto varios asuntos como las bodas y las vistas; el Cid había de decidir, especialmente sobre las vistas (v. 1899), donde ya hablarían de lo demás.

1938. Otro caso de sinonimia glosadora mediante la que se especifica el sentido de orgullosos como que han parte en la corte (cf. bibli. 140, pp. 273-4).

1941. El autor se esmera en los preámbulos de las bodas (ya se vio cómo se esmeró en el prólogo). La trama de la narración se ha complicado en el sentido de que antes había dos polos de atención: el Cid y los otros. Unos versos más arriba se llegaron a presentar hasta cuatro puntos de vista en el mismo plano de la acción: el rey, don García, los Infantes, el Cid, cada uno con marcada individualidad. Don García desapareció y permanecieron tres personajes a los que el autor, respetando su individualidad, logra hacer coincidir en los procedimientos que les llevarían a mutuo acuerdo (compárense los vv. 1880, 1884. 1896, con este 1941).

1976. El autor destaca la euforia de los Infantes y lo que hay llamaríamos buen crédito; es decir, deberá mirarse tanto el aspecto de que ellos adeudaran, como el que la gente se fiara de ellos, dado que su ganancia crecer les ía (v. ]977). Compárese, mutatis mutandis, con aquella primera deuda del Cid a Raquel y Vidas, con la ciega confianza de éstos.

1999. El realismo de la narración gana en situaciones como ésta, en que el Cronista muestra no saber de antemano -como no lo sabían los personajes interesados- cuál iba a ser la decisión del Cid. Todos se vistieron de gala para asistir a las vistas: a última hora decidió el Campeador que Alvar Salvadórez y Galindo Garcíaz se quedaran para velar sobre Valencia.